Cuando voy a casa de otras personas (amigos o no) lo primero que hago, casi instintivamente, es leer los títulos de los libros que tienen en las estanterías. Siempre pienso que los libros dan una idea aproximada de cómo es esa persona.
Además de eso, detrás de cada libro hay una historia -a veces mucho más interesante que el propio libro- y ahora, mirando la primera balda de la estantería de mi salón, en la que no hace mucho coloqué sin mucho orden los libros que tenía por ahí tirados (en el baño, encima del microondas, en el suelo del salón, sobre la caja de herramientas…), he pensado que podría escribir la historia de esos libros.
En orden de izquierda a derecha:
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de Stieg Larson.
No lo he leído. Se lo dejó olvidado sobre una caja de revistas una amiga mía. Algún día se lo llevará, no creo que yo lo lea mientras tanto.
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Turisme a prop de Barcelona 2008.
Es una pequeña guía que me trajo mi guapa para llevarme de excursión por ahí, aunque al final no hemos ido.
Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami (en inglés).
Se lo dejó aquí mi amiga Silvia, que vive en Londres y es mitad japonesa mitad catalana; en ese momento acababa de descubrir a Murakami y estaba fascinada. Como había terminado el libro, me lo dejó a mí, aunque yo ya lo había leído tiempo atrás en castellano.
Soy una caja, de Natalia Carrero.
Este libro me llegó dentro de una caja de cartón… por correos. Fue un regalo de Patricia y Elena, con quienes me intercambio libros por vía postal de vez en cuando, como si fuera un pequeño club de lectura privado. Lo leí, me pareció interesante, pero no tanto como a ellas, y además, fue eclipsado por la lectura de “Los cuidados de Julia”.
El cantar de los cantares, de José Emilio Pacheco (poesía).
Apareció por sorpresa dentro de mi bolsa cuando compré “Los cuidados de Julia” en la librería Taifa. Los poemas no me gustan demasiado, pero es una edición muy curiosa, de visor libros en miniatura (”Edición de 300 ejemplares no venales, destinada a los amigos de la Colección Visor de Poesía, realizados con motivo de la celebración de las Navidades de 2008″). Es la segunda vez que un libro se me cuela dentro de la bolsa en esa librería.
El festín de Babette, de Isak Dinesen.
Es una edición ilustrada por Noemí Villamuza, que es una de las ilustradoras preferidas de mi guapa. El ejemplar que tengo fue un regalo de mi amiga Marta, pero ya había leído el libro antes en casa de mi guapa.
Desalojos, de Miriam Reyes (poesía).
Comprado en la librería Las Heras en Soria. En esta librería inevitablemente siempre termino comprando libros de poesía editados por Hiperión.
Mística abajo, de Andrés Neuman (poesía).
Otro de los autores “Hiperión”, aunque en este caso está editado por El acantilado. Neuman es de los que hay que leer por lo menos una vez. Por cierta asociación de ideas, siempre me recuerda a “mi” secretario, Abel.
Mirall trencat, de Mercè Rodoreda.
Un clásico imprescindible de las letras catalanas, que he tenido la suerte de poder leer en original Impresionante. Este ejemplar en cuestión -ya lo he contado alguna otra vez-, me lo trajo directamente en mano la librera, que además luego me acompañó a una ferretería.
El amor es un juego solitario, de Esther Tusquets.
Lo compré en Vitoria, por ser el tercer libro de la trilogía iniciada con “El mismo mar de todos los veranos” que fue un libro que me impactó muchísimo en su día. Sin embargo el resto de la trilogía ya no me gustó tanto.
Sociedad y violencia en Portugalete (1550-1853), de Luis María Bernal Serna.
Este es el primer libro publicado por un amigo mío, historiador. Me lo regaló un día en Vitoria. Siempre me recuerda la historia de “la charla voladora”: los papeles en los que había preparado su primera conferencia, salieron volaron en la estación de tren y tuvo que improvisarla.
Entre visillos, de Carmen Martín Gaite.
Lo compré una tarde mágica en una librería de viejo, aunque no lo leí hasta mucho tiempo después, cuando dejé Consumer y comencé a leer de nuevo. Me gustó, pero no es mi Gaite preferida.
Continuará…
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