Una noche más
Echo de menos escribir. Llueve y no me duermo. A veces este piso parece un barco al borde del naufragio.
Echo de menos escribir. Llueve y no me duermo. A veces este piso parece un barco al borde del naufragio.
Muchas veces paseaba en círculos alrededor de un punto conocido al que no terminaba de acercarme del todo. Podía ser el piso donde vivía una amiga o la biblioteca donde trabajaba otra. Eran lugares seguros a los que podía acudir cuando mi casa se hacía demasiado grande o demasiado pequeña (o tal vez era yo la que cambiaba de tamaño). Sin embargo, me daba miedo desgastarlos y tampoco quería mostrarme así de perdida ni aferrarme a ellos como última salvación. Prefería que los lugares llegaran a mí, y no yo a ellos.
Daba tres pasos adelante, cuatro atrás, esperando. Entraba en una tienda, compraba una bolsa de patatas, me entretenía mirando un árbol. Esperaba. Muchas veces me volvía a casa sin que pasase nada. Ni siquiera arrastraba ninguna culpa -ni cualquier otro sentimiento- por no haber alcanzado un refugio. Salir a buscarlo -o a que me buscase- ya era suficiente.
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Mi guapa vino a pasar la Nochevieja conmigo en casa de mis padres y he de decir que salió muy airosa y que están encantados con ella. Recojo aquí varias frases míticas de mi guapa durante estos días:
Noche 1. 28 de diciembre.
“Nena, no sabía que tu madre tuviera una katana”
Día 3. 30 de diciembre.
“¿En Vitoria nunca sale el sol?”
Día 4. 31 de diciembre.
“No me deis más de comer por favor” (tuvimos que comer fuera de casa para evitar que mi madre nos pusiera cantidades ingentes de comida y poder así llegar en condiciones a la cena).
Mi madre mientras tanto comenta en el desayuno: “esta chica me come como un pollito”, a lo que mi guapa responde: “será como un pollito rechoncho”.
Día 5. 1 de enero.
“Empezar el año viendo a tu madre con una camiseta de The Prodigy* es demasiado para mí”
Probablemente se me olvidan muchas, pero mi guapa puede añadirlas en los comentarios.
* Cantante de “The Prodigy” (más o menos así sale en la camiseta)
Hace mucho tiempo, entrevisté a Cristina Peri Rossi. La entrevista original tenía unas 5.000 palabras, pero por imperativo editorial de la revista donde iba a ser publicada tuve que reducirla a una versión de 1.800 palabras, que es la que finalmente vio la luz. Cuando en el 2006 mi disco duro decidió decir adiós a este mundo, una de las pérdidas que más lamenté (casi más que el original del libro “De otro planeta”) fue la transcripción original de la entrevista, con unas 6.000 palabras. Intenté localizar la cinta donde la había grabado, pero se la había devuelto a Amaia (la encargada oficial de las entrevistas de Consumer) y ella seguramente había grabado encima. Así pues, aquella tarde, aquella conversación, todas aquellas palabras estaban irremediablemente perdidas.
Hoy he quedado en Pamplona con Amaia y también con Ainara (la redactora jefe de Consumer por aquella época) y nos hemos acordado de Peri Rossi. Al llegar a casa, he estado un rato en la habitación de mis padres, que antes era mi habitación y conserva todavía todas mis cosas. Hablando, a lo tonto, he abierto una caja de clips. Debajo de los clips, había una cinta pequeña, de las de grabadora antigua. Inmediatamente he pensado en Peri Rossi: “si yo no tenía grabadora, la única vez que he tenido una cinta de estas en mi mano, fue para esa entrevista”. Mi hermano ha comentado que total, tuviera lo que tuviera la cinta, no tendría un aparato para escucharla. Mi madre entonces, me ha preguntado: “¿le devolviste el cacharro aquel a Amaia?”, y yo: “sí, claro”, y ella: “pues a mí me suena que tengo aquí una cosa con un papel apuntado ‘para devolver a Amaia’”. Efectivamente, ha sacado del cajón de las sábanas la grabadora en cuestión, atada con una goma y metida en medio sobre roto de la Caja Rural, en el que ponía en letras azules: “Esta grabadora es de Amaia” y en letras rojas: “tratar con cuidado”.
Cuando he puesto la cinta me temblaban las manos. No se oía nada. Podía ser que no tuviera pilas. Las he cambiado, seguía sin oírse. “ah, tiene el ‘pause’ puesto”. He dado al play: nada, se oía como si fuera una cacofonía: “mierda, no ha resistido el paso del tiempo”. De repente me he fijado en una pestaña que marcaba las revoluciones: la he movido de lugar y ¡voilá! ahí estaba la voz de Peri Rossi hablando de Fausto y Goethe…
La cinta se escucha fatal, el sonido ha perdido calidad con el tiempo y costará transcribir la entrevista, pero no es una tarea imposible. Hoy acabo de recuperar una conversación única, irrepetible.
Esto me pasa por parecerme a mi madre. Resulta que allá por abril de este año me enteré de que había una promoción de Hornimans por la que si enviabas 8 códigos de barras de sus cajitas de tes o infusiones, te regalaban un hervidor de agua. Como yo no tenía, y el que venía en la foto era muy chulo, y además, era gratis (sólo pagabas 4 euros de gastos de envío), estuve semanas coleccionando y recortando los códigos de las cajitas, también las de mis compañeros de trabajo en la oficina, y las de los Infurelax de mi guapa. Para cuando envié los códigos, ponía en la web que los hervidores se habían acabado, así que los envié con una nota que ponía: “si no quedan hervidores, quiero dos cajitas de madera par el té” (las cajitas eran otro de los posibles regalos).
Y pasaron meses, y meses, y meses… y ya desistí por completo de que las cajitas de madera llegaran (porque yo ya estaba convencida de que no me enviarían un hervidor), así que compré el Palson Oslo con el que estoy supercontenta. Y hoy me llaman los de Hornimans y me dicen que tengo un hervidor esperándome en una tienda de arreglos de ropa (tal cual, ése era el “punto de entrega”).
Así que nada, os presento al hermano mayor de mi hervidor de agua:

Mi guapa y yo hemos pensando ya en buscarle un nuevo hogar (lo he sacado sólo para la foto, pero lo tengo tal cual ha llegado, con su embalaje original, su garantía, nuevecito, sin estrenar) y ellas todavía no lo saben, pero ya tenemos unas candidatas en mente (aunque sean de café), en una casa que se está empezando a construir con pequeños detalles: una lavadora, un teléfono fijo…
Pues eso, que hace ya tiempo que quería un hervidor de agua, un aparato muy práctico que en Inglaterra no falta en ninguna casa, pero que aquí parece una cosa extrañísima. Ya había encontrado el modelo que quería (pequeñito, azul y con la resistencia oculta) pero sólo estaba de exposición en una tienda y no me lo querían vender. Después estuve meses buscando ese modelo y nada, pero ayer por fin en una tienda de esas de barrio de toda la vida encontré uno que era de marca diferente pero exactamente igual y más barato, así que me lo llevé tan contenta. 
[...]
A mí me pasa con las ciudades; en su día supe que Canterbury forma parte de mi destino, incluso mucho antes del año de erasmus; ahora siento también que Barcelona es parte de mí, aunque yo jamás había pensado visitar esta ciudad, y si lo pienso bien, Canterbury es el camino que me ha traido a Barcelona. Si allí no hubiera estudiado cine documental, nunca habría venido aquí para seguir esos estudios (más otra serie de extrañas coincidencias).
Tengo un profesor que se ríe de todo este “sentimiento trágico de la vida” y dice que no es más que la necesidad de narrar inherente al ser humano la que nos hace pensar y narrar nuestra vida como si todo formara parte de un plan predeterminado (como una novela) y construir con cada hecho anecdótico de nuestra vida una cadena de consecuencias y hechos, cuando en la realidad la vida no es más que pura anécdota y coincidencia.
Estaba leyendo a Carol Blenk. El interlocutor es la clave de todo sí.
Ahora bien, ella dice “Si el interlocutor, además, coincide que es tu pareja ya es encontrar el cielo. Si no lo es, pasarán cosas que tal vez es mejor no saberlas”; yo, sin embargo, pienso que la búsqueda del interlocutor está en un plano paralelo al de la búsqueda de pareja. Como diría Gioconda Belli “todos tenemos un amor que cumplir, nadie puede evadir su responsabilidad”… este deber que cumplir no lo encontramos en el interlocutor.
He tenido la suerte de cruzarme con grandes interlocutores. Las cartas en papel que mi amiga Bea y yo todavía hoy seguimos intercambiando, por ejemplo, han ido poniendo orden desde hace casi 15 años en nuestras vivencias, sensaciones, pérdidas, descubrimientos… Los comentarios de mi primer blog, con aquellos 4 excelentes interlocutores reunidos alrededor de la misma mesa por obra y gracia de internet. Fantásticas conversaciones sobre Cortázar en un autobús; un diario intercambiado por unos folios amarillos; la primera carta escrita por alguien por primera vez; la memoria infinita de mi tía Julia…
Y he tenido la suerte de encontrarme con mi guapa. Era más que improbable que ella y yo nos encontráramos, y aquí estamos. Tengo la casa inundada de notas y dibujos: aquí mismo en el ordenador, hay una pequeñita que dice “és precioso querer-te” (nunca había pensado que llegaría a amar tanto esta lengua “en la que el otoño es femenino -la tardor-” [Cristina Peri Rossi]).
Que mi guapa y yo nos hayamos encontrado también es clave, porque ya lo decía la Gaite: “lo raro es vivir”, y no dejan de asombrarme las miles de pequeñas decisiones y coincidencias (desde la más nimia como entrar una noche en un bar y no en otro con un carrito, hasta la de más peso como apostar por Barcelona como lugar para vivir) que han tenido que darse para que llegáramos a encontrarnos.
El interlocutor y la pareja son dos búsquedas paralelas, que se alimentan a veces la una de la otra, y que en realidad nunca terminan de cerrarse. La necesidad de comunicar y la necesidad de amar siempre estarán en evolución, cambiarán con nosotros, cambiarán con nuestras parejas, cambiarán con nuestros interlocutores…
El texto no es mío, sino de anticolometa. Es de hace un tiempo, pero lo he vuelto a leer ahora y me sigue pareciendo igual de divertido:
Sin duda, el premio de los sueños surrealistas es para cuando soñé que me hacían Papa de Roma. Fue unos días antes de que eligieran al Benedicto. En mi sueño, la gente elegía al Papa enviando sms a la televisión, y podían elegir a cualquiera, porque nadie se presentaba. Total, que yo estaba viendo la TV3 en casa y sale una noticia: “Habemus Papa”. Entonces dicen mi nombre y dicen que he ganado gracias a los votos de Cataluña. Suena el teléfono y me llama Josep Cuní , (el equivalente catalán de Mª Teresa Campos, pero para marujas rigurosas), y me pregunta que cómo me siento. Yo le digo que no quiero ser Papa, que me dejen en paz. Entonces interviene Pilar Rahola y me dice muy enfadada: “Ho has de fer per Catalunya, nena!” Y yo: “NOOO, NO QUIERO SER PAPA!” Entonces sonó el despertador, (Uff!) Dos días más tarde eligieron a Benedicto y yo me sentí terriblemente aliviada, de verdad, porque nunca se sabe…
Llegué a Barcelona en noviembre de 2001, para cursar un máster en Cine Documental. En mi clase había una chica de Soria, Elena, de quien mucho tiempo más tarde supe que había sido alumna de una de mis vecinas del pueblo. Elena tenía una amiga pintora, Clara, y me pasó un par de cuadros suyos para publicarlos en mi revista. Un tiempo después de la publicación de ese número, casualmente me encontré con Elena y su grupo de amigas en un bar y me presentó a Clara. En ese momento, yo iba a la mío (con mi carrito repartiendo revistas) y ni me fijé en la gente que la acompañaba. Seis años después yo había conocido a mi guapa y le estaba enseñando en casa antiguos números de Iguazú. Al abrir el n.11 dijo: “¡Pero si has publicado a Clara! Espera… tú debes de ser la friki esa del carrito que nos encontramos una noche en un bar…” Efectivamente, ella estaba entre aquel grupo de gente al que yo no hice caso.
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Esta tarde teníamos invitadas a comer. A mi guapa llevaba un tiempo hablándole de Arantza, una fan de Carmen Martín Gaite a quien había conocido indirectamente a través de Paola Vaggio, los blogs y el libro naranja. Arantza y yo nos caímos bien desde el primer momento -gracias también a varias coincidencias gaiteanas que merecerían otro post- y hemos ido quedando en ocasiones (curiosamente casi más en Madrid que en Barcelona) para compartir proyectos literarios. Estábamos en la terraza, charlando, he ido a la cocina para traer alguna cosa de la comida y me encuentro a mi guapa y a Arantza alucinadas porque resulta que se habían conocido hace quizás 20 años un verano que las dos pasaron en Inglaterra. A mi guapa le ha sonado Arantza desde que ha entrado por la puerta, y cuando ha dado con el nexo de unión, le ha preguntado. Entonces Arantza -que también estaba pensando que mi guapa no se le hacía desconocida- ha hecho click, y no sólo es que se conocieran, sino que eran del mismo grupo de amigas y aquel verano iban juntas a todas partes…
Me encanta cuando suceden estos “momentos Paul Auster”. Por supuesto, hemos quedado para cenar juntas otro día, con fotos de aquella época en la mano. Arantza dice que está horrorosa, mi guapa dice que no, que es ella la que está terrible y yo les digo que bueno, que no se preocupen, que eran los 80…
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